martes, 8 de agosto de 2017

Democracia cortoplacista.

Vivimos en la era del gusto por las decisiones discrecionales, en el universo de los cotos reservados, en el auge de la patrimonialización de la política, en la expansión de las desigualdades múltiples y en los desafíos del cambio climático. La mejor respuesta a estos problemas estructurales se perfila en las políticas de largo plazo, de gran alcance, para gestionar los graves obstáculos del presente que se prolongan en el futuro.

Los problemas de miles de uruguayos no pueden resolverse sólo con políticas de la inmediatez, de corto plazo. La democracia cortoplacista retarda las soluciones de fondo. Es la que tenemos desde hace más de treinta años.La distancia representativa entre gobernantes y gobernados se agudiza cuando no funciona el símbolo y la acción del buen gobierno. Su responsabilidad es hacer lo necesario para crecer gestionando los asuntos comunes.
La reconfiguración del sistema político por el que atraviesa el pais desde que se genero el fenomeno Partido de la Gente es un asunto público que alude a pensar acuerdos con escalas temporales más amplias. La política del poder estatal no puede quedar sometida a ningún tipo de intimidación de las corporaciones ni a la invocación de la fatalidad. El Estado y los ciudadanos se tienen que hacer cargo de sus actos y de la buena marcha de las instituciones, para constituir todavía con más fuerza las instancias políticas ante las cuales los dirigentes deberían ser llamados a rendir cuenta.
La blandura del poder judicial, la opacidad y lentitud de sus resoluciones, plantean las cosas en el plano de la responsabilidad jerárquica estatal y en las sospechas de culpas de desgobierno. Aunque sea archisabido, conviene decirlo una vez más, el poder judicial es el poder del Estado que administra justicia en la sociedad, razón crucial por la que no puede escapar de sus responsabilidades.
En la competencia electoral de estos días asoman programas desprovistos de una ética reformista, con escasas diferenciaciones políticas e ideológicas, que adoptan de más en más tácticas en función de cálculos electorales. La escala temporal del largo plazo está muy condicionada por las votaciones frecuentes que aleja a los gobernantes de las políticas de gran alcance.
Las razones del malestar de los ciudadanos son estructurales, razones que calan a fondo sus vidas, y que no pueden ser resueltas definitivamente por un patrón coyuntural de la actividad socio-económica. 
Hay que complejizar a la democracia, innovar la representación, e ir más allá de las elecciones como forma de distribución del poder.
El horizonte de ideas se encoge cuando ya no se piensa en alternativas estratégicas, lo que adelgaza, por tanto, la sustancia democrática. El tema en cuestión es saber si el Estado puede combinar con éxito, a través de sus políticas públicas, los dos caminos necesarios, a veces contrarios, para encausar la decadencia y satisfacer las expectativas de beneficios de corto plazo.
¿Cómo trascender la democracia electiva y marchar hacia el buen gobierno? Numerosas respuestas han puesto el foco en el sorteo político como un modo de enriquecer a la democracia electiva y ampliar las bases de toma de decisiones. La democracia republicana, siempre abierta a las innovaciones y a la actuación autónoma de los ciudadanos, debe evitar que un abultado cronograma  condicione los asuntos públicos en aras del interés general.

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