lunes, 18 de septiembre de 2017

LA INSEGURIDAD ES UN NEGOCIO MONTADO Y DEFENDIDO EN LAS CALLES.

Hace poco más de un mes, varios activistas sociales que trabajan en asentamientos me conmovieron con la afirmación  que alertaba sobre una realidad que los activistas que trabajan en los asentamientos vienen denunciando desde hace años: la droga, en los asentamientos, está despenalizada de hecho. Este comentario, ciertamente más valioso y real que los diagnósticos oficiales que realizan algunos funcionarios desde sus despachos, pone los puntos sobre las íes en el tema que más preocupa por estos días a los uruguayos: la inseguridad.

"El problema no es el asentamiento, sino el narcotráfico".El problema es que el asentamiento funciona como una zona liberada donde se pueden portar o consumir drogas sin que intervenga la fuerza pública. El problema es que el asentamiento es un espacio seguro para los traficantes, que saben que el Estado, no entra en el asentamiento.
Y tienen razón. Los asentamientos son, en realidad, el territorio sometido por los narcotraficantes, que, con absoluta impunidad, instalan "cocinas" (verdaderos laboratorios) de pasta base en los barrios populares e involucran a cientos de personas en la distribución y el consumo de drogas. De pasta base,principalmente.
En los asentamientos de la ciudad y la periferia de Montevideo, el poder devastador del residuo de la pasta base de cocaína (pasta base) hace estragos. Actualmente, el 70% de los jóvenes que viven en los asentamientos consumen pasta base. La cifra es admitida por las madres que luchan para que la droga y el delito no se lleven a sus hijos. Mucho más barata que otras drogas (se puede conseguir una dosis por unos pocos pesos), la pasta base desplazó a la marihuana como droga de inicio y se consume a edades cada vez más tempranas. la pasta base va de la mano de la pobreza y de la desesperanza.



Allí donde falta futuro,la pasta base  gana traficantes y adictos. Y la droga se convierte en moneda de cambio entre delincuentes, que roban (y matan) para obtenerla. Comienzan vendiendo sus útiles escolares y su ropa, siguen con los de sus hermanos, con la plancha o el reloj de la madre. Cuando llegan al delito, ya habían comenzado a vender su propio cuerpo. El resultado es innegable: a mayor consumo de drogas, más aumento de la inseguridad.



El narcotráfico es el gran problema de la inseguridad  y la inseguridad nuestra de cada día es el resultado de la consolidación del tráfico ilegal de drogas en Uruguay, el país que las organizaciones internacionales han elegido por la laxitud de sus controles y la complicidad de sus funcionarios. El país con fronteras descuidadas y cuyo territorio sólo se encuentra radarizado en un bajo porcentaje, facilita la entrada y salida de vuelos clandestinos. Ahora bien: para operar y extenderse, el narcotráfico ha contado, indudablemente, con la protección del poder.
Si las organizaciones criminales vinculadas al narcotráfico operan con tanta impunidad y nos ganan la batalla es porque la corrupción política lo permite y lo posibilita.
La inseguridad no es una sensación, como dicen quienes niegan lo evidente. Es el resultado de una trama mafiosa que combina delito, droga y política y que padecemos todos los que andamos por la calle sin guardaespaldas.
Pero lo cierto es que, para un sector de la política, acabar con la inseguridad no es negocio. Y si no hay voluntad para terminar con el delito es porque se tocan negocios e intereses. Si falta transparencia en el Gobierno, si la Justicia no puede actuar de manera independiente, si los politicos miran para otro lado o esconden sus responsabilidades culpando a los menores, la inseguridad no se supera.
Hay que combatir los circuitos del financiamiento ilegal y control de las fuerzas de seguridad. Hay que transparentar la política para poder transparentar la policía. Sólo entonces tendremos seguridad.

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